Ni vanidad ni baja autoestima: el ‘body shaming’ es una crisis de salud mental
El estudio ‘Body shaming and women's mental health: public health challenge for gender equity' revela que la angustia derivada de las críticas hacia la imagen corporal es un factor desencadenante de patologías severas

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¿Te has cambiado de ropa tres veces antes de salir de casa porque sientes que 'te ves rara'? ¿Has evitado ir a la playa o a una reunión porque tu cuerpo no se ve como el de tu feed? No eres tú, no es tu autoestima y no es vanidad. La mirada inquisitiva sobre el cuerpo femenino se ha convertido -por fin- en una cuestión de salud pública y la ciencia lo documenta con la publicación del estudio “Body shaming and women's mental health: public health challenge for gender equity” en la revista científica Health science reports.

La conversación en torno a la insatisfacción corporal y la crítica hacia la apariencia física de las mujeres ha sido relegada al terreno de la vanidad o la fragilidad emocional.
La actriz Selena Gomez ha hablado públicamente en distintas ocasiones sobre lo equivocado de estos comentarios. Ella, que los ha sufrido en voz de otros, quiere ser un ejemplo para reconocer la toxicidad que esconde: "No quería que esto afectara a otras personas que están pasando por lo mismo, que son avergonzadas por su apariencia, por quiénes son o por a quién aman. Simplemente creo que es muy injusto. No creo que nadie merezca sentirse menos que los demás."

En estudio publicado este verano, los investigadores Shani Kondo Omari, Lydia Issaria Mosses y Hussein Hassan Mwanjali defienden que la estigmatización basada en el peso, la forma o la apariencia física no es un asunto superficial, sino un verdadero determinante de la salud mental de las mujeres, además de un desafío para la equidad de género a nivel global.
“El body shaming hace referencia a la evaluación negativa, la crítica o la estigmatización de una persona en función de aspectos de su apariencia física, como el peso, la forma del cuerpo, el tono de piel, los rasgos asociados a la edad u otras características visibles. Constituye una forma de estigmatización basada en la apariencia que socava la autoestima, refuerza las jerarquías sociales y contribuye a un profundo malestar psicológico”.

El escrutinio público sobre el body shaming afecta a las mujeres que lo sufren y nos afecta al resto en nuestra percepción sobre como debe ser nuestro cuerpo. Pensemos únicamente en uno de los últimos ejemplos de este verano. La llegada del nuevo primer ministro británico, Andy Burnham, a Downing street convirtió también en protagonista a su esposa, Marie-France van Heel. Ella fue objeto de un intenso escrutinio y no para bien. Casi todos los comentarios se centraron en como le sentaba su vestido de Victoria Beckham. Es hora de que nos preguntemos por qué seguimos haciendo esto y por qué, con tanta frecuencia, somos las propias mujeres quienes criticamos a otras mujeres.
En el estudio ‘Body shaming and women's mental health: public health challenge for gender equity’ se reconoce que organizaciones internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Asociación Americana de Psicología (APA) insisten en la angustia derivada de la imagen corporal es un factor desencadenante de patologías severas e integra el trastorno dismórfico corporal y el estigma del peso dentro del Clasificación Internacional de Enfermedades (ICD-11).

Para comprender cómo la presión social se traduce en daño clínico, los autores Omari, Mosses y Mwanjali recurren a la Teoría de la Comparación social de Leon Festinger y la Teoría de la objetivación.
La primera explica cómo las personas evalúan su propio valor comparándose continuamente con los demás, un proceso que se intensifica de forma destructiva cuando estamos expuestos a estándares de belleza irreales.
La segunda muestra cómo la sociedad enseña a las mujeres a adoptar la perspectiva de un observador externo sobre su propia anatomía. “Este proceso de autoobservación -dice el reporte- genera una vigilancia constante del propio cuerpo, sentimientos de vergüenza y ansiedad relacionada con la apariencia, lo que, a su vez, aumenta la vulnerabilidad a la depresión, los trastornos de la conducta alimentaria y el deterioro del bienestar psicológico”.
Este monitoreo constante no es otra cosa que la hipervigilancia de la propia imagen al caminar, vestir o simplemente existir, lo que genera un estado de agotamiento psicológico crónico.
El cuerpo deja de ser un vehículo para vivir y se convierte en un objeto diseñado para ser evaluado. Según citan los investigadores en su estudio, cerca del 80% de las niñas y mujeres jóvenes a nivel mundial optan por restarse de actividades esenciales de la vida, como practicar deportes, asistir a clases o socializar con sus pares, solo por la angustia que les provoca su imagen corporal.
El maléfico sesgo de los algoritmos

Si la presión sociocultural ya era sofocante, la era digital ha catalizado la crisis a través de mecanismos invisibles. El artículo de Omari, Mosses y Mwanjali analiza el papel que juegan las redes sociales, diseñadas para maximizar la permanencia del usuario mediante bucles de retroalimentación algorítmica.
El algoritmo opera en la sombra. Un solo click o una pausa de pocos segundos en una imagen de dietas restrictivas o cuerpos modificados digitalmente es interpretado por la plataforma como un interés, devolviendo una cantidad interminable de contenido similar. En el mencionado artículo, los autores revelan “Los algoritmos exponen a las cuentas con identidad femenina a un volumen mucho mayor de contenido centrado en la apariencia física que a las cuentas con identidad masculina”
Este sesgo de género responde a la lógica comercial de las industrias de la belleza y la dietética. El resultado es un bombardeo repetitivo que normaliza estándares estéticos inalcanzables, amplificando la insatisfacción corporal y exacerbando los síntomas de ansiedad y depresión.
¿Cuál es la solución?

Frente a la fragmentación con la que habitualmente se aborda este problema, los autores Shani Kondo Omari, Lydia Issaria Mosses y Hussein Hassan Mwanjali proponen una hoja de ruta integral que combina intervenciones clínicas, políticas públicas y educación digital.
- Terapias de tercera generación: La Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) y la Terapia Basada en la Compasión (CFT), enfocadas en romper el diálogo interno autodestructivo.
- Reprogramación de creencias: Programas como el Body Project Collaborative (de Stanford y la OMS), que enseñan a desmontar activamente la dictadura de la delgadez hegemónica.
- Políticas de salud pública y alfabetización digital: Tratar el sesgo algorítmico y la violencia estética como un problema estructural, no como una vulnerabilidad individual.